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Alika Kinan, en el nombre de la madre

El 3 de junio de 2015 se realizó en la Argentina la primera y multitudinaria convocatoria denominada “Ni una menos”.
Esta inédita concentración de mujeres que se movilizaron en contra de la violencia de género tuvo su réplica en todo el territorio nacional y la manifestación se reiteró con similar éxito exactamente un año después.

En ese momento, en junio en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego, una joven de 15 años tomó el micrófono y provocó escalofríos en el público al asegurar: “Mi nombre es Alika, hija de Alika Kinan, sobreviviente del delito de trata con fines de explotación sexual por 20 años. Este hecho me convierte a mí y a mis hermanas en sobrevivientes del mismo delito”.
Horas después de realizarse una nueva movilización de mujeres en la Argentina tras la aberrante muerte de la joven Lucía Pérez, violada, torturada y asesinada en Mar del Plata, Alika Kinan (hija) concedió esta entrevista en la que relata su historia familiar.
La adolescente fueguina tomará parte como invitada del Parlamento Federal Juvenil 2016, que se realizará la semana que viene en Buenos Aires y en San Miguel de Tucumán, con organización del Instituto Nacional contra la Discriminación, Xenofobia y el Racismo (INADI).
La iniciativa, que ofrece a los participantes la posibilidad de ser “diputados por un día”, tiene como objetivo “renovar la importancia de concientizar a los jóvenes de ejercer una ciudadanía activa y prevenir la discriminación”.
A continuación, un detalle de la entrevista: .
DB – ¿Cómo podrías describir tu historia familiar?
AK – Cuando mis padres se separaron se profundizó nuestra crisis económica con el agravante de que jamás recibimos ayuda o apoyo de alguien. A raíz de esta situación desde que era chiquita mi mamá siempre viajó por trabajo, nunca entendí bien por qué, yo me enojaba porque no la tenía conmigo como yo quería, no como todas mis compañeras tenían a sus mamás.
– ¿Y quién quedó a tu cargo?
– Yo vivía con mi abuelo y mi hermanita que tenía meses de edad, mi otra hermana (de tres años) se la había llevado mi progenitor. Eso también fue una de las tantas razones por las cuales yo estaba enojada con todo el mundo, quería una familia normal. A mi mamá la veía cada 15 días, un mes, dos meses, por un trabajo que desconocía hasta ese momento, la verdad era muy feliz cuando estaba a mi lado.
– ¿Cómo se sostenían económicamente?
– Cuando vivía con mi abuelo, casi siempre llegaban misteriosas ayudas económicas, que no alcanzaban para nada. Mi abuelo se quejaba de que no había ingresos para pañales, así como tampoco para leche. También había días en los que él salía de noche y volvía un día después, a veces más. Yo con nueve años me quedaba al cuidado de una bebé de meses.
Tuve la suerte de que las mamás de mis amiguitas del barrio siempre me ayudaban, incluso me acuerdo de las leches que me traían a casa, o de las bolsas de alfajores. Voy a estar eternamente agradecida a ellas.
– ¿Y cómo era la relación con tu abuelo durante las ausencias misteriosas de tu mamá?
– Siempre estuve muy sola y este estilo de vida me obligó a tener que aprender a ser independiente y a desenvolverme sin ayuda, por eso digo que no solo mi mamá es sobreviviente del delito de trata, también mis hermanas y yo lo somos. Mi abuelo me hacía hacerle su cama, lavar platos y limpiar la casa. Repito yo con nueve años. Eso hacía que yo extrañara aún más mi mamá y sentir su desprotección. Cuando ella no estaba lo único que se escuchaba en mi casa era la “mierda de persona” que era.
– ¿En qué momento supiste la verdad de la historia de tu madre?
– Un tiempo después, mi mamá conoció a Alfredo, que vendría a ser mi luz, mi papá, nos fuimos todos juntos a vivir a otra ciudad, pero lejos de mi abuelo. Poco tiempo después, volvió mi hermana.
Mi mamá había tenido otro bebé, estábamos todos felices, al fin estaba todo como a mí me gustaba. Hasta que mi mamá tuvo que volver a viajar por “trabajo” y yo enfurecida, no entendía por qué esta vez que estábamos todos juntos se tenía que volver a ir.
– ¿Y les daba alguna explicación?
– No daba explicaciones de por qué estaba así. Si veía que hablaba con abogados y psicólogos. Poco tiempo después me contó todo, entendí por qué mi infancia había sido tan poco normal, tan diferente a las de las chicas de mi edad. No lo entendía, a veces no lo aceptaba, costaba aceptar que mi mamá había sido puta. Incluso me daba vergüenza de solo pensar, “¿qué le voy a decir a mis amigas cuando me pregunten por mi mamá?”.
– ¿Cómo procesó tu mamá y rediseñó su vida todo lo que le sucedió durante 20 años?
– Desde que fue rescatada de un cabaret en un allanamiento, se convirtió en una militante por los derechos de las mujeres. Creó Sapa Kippa, un instituto de género y ayuda a víctimas de trata. Es abolicionista (está en contra de la idea de que la prostitución sea un trabajo) y se convirtió en la primera víctima de trata en plantarse como querellante ante el Estado.
– ¿Y a vos, en lo personal, qué te sucedió con todo eso?
– Ella aparecía en todo los medios de comunicación denunciando su condición. Al principio me costó entender, luego de un tiempo dejé de pensar que era una vergüenza. Ella estaba luchando por algo que había vivido y no quería que ninguna mujer, adolescente o niña pase por lo mismo. Jamás me sentí tan orgullosa de que fuese mi madre. Pero a pesar de que acepté así su pasado, no quiero que otras niñas y niños tengan que vivir esta situación. Son momentos muy duros, difíciles de aceptar y de vivir.
– ¿Qué significa para vos que las mujeres se prostituyan como una forma de salida económica?
– La prostitución no es un trabajo, es una de las tantas formas de violencia de género, ya que las mujeres están tratadas y utilizadas como un objeto. Ellas son reducidas a la esclavitud sexual, para que los hombres sigan teniendo un privilegio netamente masculino como el de poseer, apropiarse, violar y someter los cuerpos de las mismas, por eso yo sostengo que es una grave violación a los Derechos Humanos.
Solo el amor por su familia, la vulnerabilidad socio-económica, la falta de oportunidades y la falta de formación pueden lograr que una mujer soporte este flagelo físico y psicológico al que es sometida día tras día, obligándola incluso a admitir esta situación como un destino.
– ¿Por qué te parece que muchas de las mujeres que son rescatadas vuelven a la prostitución?
– Porque no fueron bien asistidas por la falta de políticas públicas a nivel nacional y provincial, incluso revictimizándolas y discriminándolas hacia situaciones de prostitución clandestina, o en otros países, donde la prostitución y la explotación ajena son delitos naturalizados. Los parlamentarios del Parlasur también deben comprometerse con los países limítrofes, para que los tratados internacionales sean en toda Latinoamérica, ya que prostitutas, explotadores y consumidores existen en todo el mundo.
– Sobre la base a tu experiencia vivida, ¿cómo te parece que se puede comenzar a resolver este delito contra las mujeres?
– Los derechos de las que fueron víctimas y sus familiares deben ser restituidos de manera legítima y no transitoria, como marca la ley; asistencia psicológica por parte de profesionales capacitados, asistencia jurídica para que las víctimas puedan intervenir en todos los procesos judiciales, acceso a trabajo real, no planes ni subsidios y acceso a la vivienda digna.
También empezar a ponerles penas judiciales o como mínimo multas a los consumidores de estos cuerpos. Penas firmes a los proxenetas, fiscales realmente comprometidos en las investigaciones que realicen sobre los delitos de trata.
 
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